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¿Deben las políticas públicas de salud enfocarse en aumentar la esperanza de vida de los panameños?

Rafael Carles

Esperanza de vida, salud y longevidad: por qué no es lo mismo vivir más que vivir mejor


Me preguntan si las políticas públicas de salud debieran estar dirigidas a aumentar la esperanza de vida de los panameños o mejorar los índices de longevidad de la población. 

Primeramente, usamos términos como “esperanza de vida” y “longevidad” como si fueran intercambiables. No lo son, y esta confusión tiene profundas consecuencias en cómo abordamos el envejecimiento, tanto a nivel personal como social. Comprender estas distinciones no es una cuestión de tecnicismos académicos; cambia radicalmente la forma en que diseñamos los sistemas de salud, evaluamos las intervenciones y tomamos decisiones sobre nuestra salud personal.

La comunidad médica y los expertos en salud pública presencian a diario las consecuencias de esta confusión. Los pacientes celebran los avances médicos que prometen prolongar la vida, pero pasan por alto la pregunta crucial: ¿qué tipo de vida estamos prolongando? Por un lado, las autoridades políticas asignan miles de millones basándose en estadísticas de esperanza de vida, lo que puede generar un deterioro en el bienestar de la población. Y por el otro, los investigadores científicos diseñan intervenciones dirigidas a la mortalidad sin considerar la funcionalidad.

Esto no es solo un lenguaje impreciso, sino una discordancia fundamental que determina cómo envejecemos como individuos y como sociedad. Vivimos en una era de avances médicos sin precedentes. 
La esperanza de vida casi se ha duplicado desde 1900, y los titulares anuncian con frecuencia avances en la investigación antienvejecimiento. Pero esta es la incómoda verdad que debemos afrontar: añadir años a la vida no es lo mismo que añadir vida a los años. La esperanza de vida es el concepto más sencillo: es el número total de años que se viven, desde el nacimiento hasta la muerte. Es fácil de medir y binaria: o se está vivo o se está muerto. Esta simplicidad la hace atractiva para la investigación y las políticas públicas, pero no nos dice nada sobre la calidad de esos años.
En adición al concepto de esperanza de vida, existe otro parecido, pero no igual, donde realmente las cosas se complican: “esperanza de vida saludable”. Una revisión sistemática de la literatura nos dice que existen más de 100 definiciones diferentes de esperanza de vida saludable. Para mí, es el período de la vida transcurrido con buena salud, libre de enfermedades crónicas y discapacidades que afecten significativamente al funcionamiento diario. Pero de nuevo, ¿qué constituye una “buena salud”? Algunos expertos definen el final de la esperanza de vida saludable como la aparición de la primera enfermedad crónica. Otros se centran en la capacidad funcional: ¿puede subir escaleras, llegar a la estación del bus, vivir de forma independiente? Otros, en cambio, incorporan medidas de calidad de vida, bienestar psicológico o biomarcadores del envejecimiento. Esta variabilidad no es solo un problema académico; afecta a cómo evaluamos las intervenciones, comparamos poblaciones y tomamos decisiones políticas.
La longevidad es quizás el término más incomprendido. A veces se usa como sinónimo de esperanza de vida. Sin embargo, cada vez más se refiere a un envejecimiento excepcional: vivir hasta edades avanzadas manteniendo la salud y la funcionalidad. En el campo emergente de la “medicina de la longevidad”, el enfoque está en extender el período de vida saludable, no simplemente en añadir años al final.
El desafío de estas tres definiciones está en la medición, porque no debemos comparar peras con manzanas. Y aunque usted lo crea, todavía no contamos con métricas universalmente aceptadas para la esperanza de vida saludable. Si bien la esperanza de vida ofrece un punto final claro, la esperanza de vida saludable se sitúa en un espectro influenciado por el contexto cultural, las expectativas individuales y los recursos sanitarios.
Esta falta de estandarización no es solo un problema académico. Afecta a cómo evaluamos y tomamos decisiones políticas. La situación se complica aún más al considerar otras perspectivas. Lo que constituye un envejecimiento saludable en la zona rural de Bocas del Toro podría diferir significativamente de los estándares en la ciudad de Panamá Centro o incluso en los barrios de San Miguelito. Sin embargo, la mayoría de nuestros marcos de investigación y políticas provienen de países occidentales ricos, lo que podría implicar la omisión de información crucial de poblaciones diversas.
Ahora bien, mucha atención se ha dedicado a la restricción calórica y el ayuno como medidas específicas que podrían reducir la brecha entre la salud y la esperanza de vida. Una revisión exhaustiva realizada a más de 400 estudios sobre alimentos que promueven la longevidad y la salud, revelan patrones fascinantes. Las berries lideran la evidencia. Se ha demostrado que los extractos de arándano, ricos en antocianinas, prolongan la esperanza de vida en organismos modelo en aproximadamente un 20% mediante una mayor expresión de enzimas antioxidantes. Los extractos de arándano rojo demuestran efectos similares, con estudios que muestran protección contra el estrés oxidativo y los cambios neurodegenerativos. Estos no son sólo hallazgos de laboratorio: estudios de meta análisis sugieren que el consumo regular de berries se correlaciona con una menor mortalidad por todas las causas y una mejor función cognitiva en poblaciones de edad avanzada.
Igualmente, la dieta mediterránea emerge como un patrón dietético integral que reduce la brecha entre la salud y la esperanza de vida. Este patrón alimentario, predominantemente vegetal, se centra en el aceite de oliva como principal fuente de grasa, con un alto consumo de verduras (especialmente de hoja verde, tomates y alcachofas), frutas (cítricos, berries y granadas), cereales integrales, legumbres, frutos secos y semillas. Incluye un consumo moderado de pescado y marisco, una ingesta baja o moderada de aves, huevos y lácteos (principalmente queso y yogur), y una baja ingesta de carnes rojas y procesadas. El vino se consume con moderación, generalmente con las comidas. El énfasis en alimentos frescos, de temporada, locales y mínimamente procesados —a menudo preparados de forma sencilla como ensaladas, guisos o crudos— distingue este patrón de otras dietas.
El té verde y sus componentes representan otra categoría ampliamente estudiada. El compuesto EGCG (galato de epigalocatequina-3) ha demostrado efectos notables en la prolongación de la vida en modelos animales al inhibir las vías inflamatorias y activar genes asociados a la longevidad.
Los alimentos ricos en polifenoles muestran beneficios consistentes en diversos estudios. Los polifenoles del cacao retrasaron el daño cerebral relacionado con la edad y prolongaron la vida en modelos animales. Los polifenoles de la manzana y extractos combinados de manzana y arándano mostraron efectos que aumentaron la esperanza de vida media en un 25%.
Distinguir entre esperanza de vida, esperanza de vida saludable y longevidad es fundamental para evaluar con precisión el envejecimiento de las personas y orientar las políticas de salud pública. Como ven, lo óptimo sería priorizar la esperanza de vida saludable junto con la esperanza de vida garantiza que las intervenciones no solo busquen una mayor longevidad, sino también más años vividos con buena salud.
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